jueves, 6 de enero de 2011

27


Hoy siento vértigo. Hacía semanas que no tenía esta sensación tan íntima metida en los huesos. Otras veces que me ha sacudido la misma emoción, solo que a ésta se le sumaban charquitos pequeños de angustia, de esa que tiene tacto de alfiler y suele ir acompañada de la gran sombra que alimenta el miedo. Era horrible: yo creía que me ahogaba y me abrazaba sola, y no pretendía ayuda de nadie porque me sentía así: conmigo y sin nadie. Aprendí a esperar y a tener paciencia, a respirar y a inventar música de mollera para no ahogarme, aunque en realidad, ahogarse de ansiedad es casi improbable según mi médico
Pero los motivos son distintos y también lo son los métodos. Las nubes se han vuelto lilas y suaves para intimidar el sol, que retraído se esconde rojo de la vergüenza. Me acuerdo de los campos y también de la ausencia de carreteras. Me entristece pensar en cómo la hierba se muere debajo del asfalto [maldita pestilencia gris que no tiene en cuenta a las liebres, ni a los pájaros, ni a los perros vagabundos que la atraviesan cada noche] y en el dinero que nunca gana la tierra, sino los hombres que siembran miseria.
Claro que cuando los campos de estos alrededores existían y la viña aun no había sido arrancada de cuajo, los más inocentes podíamos jugar en la calle sin temor a que un gilipollas pasara con su coche a demasiada velocidad. Pero ya da igual, los atropellos en este rincón de mundo no deberían preocuparme porque hoy en día ni siquiera hay niñxs en las calles que quieran jugar.